No recuerdo el momento exacto en que lo aprendí: la sexualidad de los hombres cisgénero* es simple. La creencia, muy propia de la heteronorma, va así: los hombres pensamos en sexo todo el tiempo, queremos sexo todo el tiempo, somos capaces de tener sexo todo el tiempo. Y como así de simple es nuestra psicología, también lo es nuestro performance: queremos meterla, sacarla, venirnos, dormir. Repite esta fórmula cada segundo o tercer día y tendrás a un hombre feliz. Y de eso se trata la sexualidad masculina. Las emociones no importan, no nos afectan. Todo es fácil y efectivo, como tenemos que ser los hombres.

En ese sentido somos lo opuesto de las mujeres, a quienes hemos construido como nuestra antítesis: si nosotros somos simples, ellas son complejas; si nosotros racionales, ellas emocionales; si para nosotros el único fin del sexo es obtener placer, para ellas es el amor; si nosotros nos encendemos rápidamente, “como un foco”, ellas necesitan mucho tiempo para calentarse, “como una plancha”. “¿Qué quiere una mujer?”, preguntó Freud alguna vez. Y si ni el mismísimo padre del psicoanálisis pudo entenderlas, mucho menos nosotros.

Todas estas creencias, desde luego, no son más que mitos. En realidad, cualquier afirmación que busque reducir cómo vivimos nuestra sexualidad a una o dos explicaciones siempre estará incompleta. Sin embargo, éstas siguen vigentes en la mayor parte de la sociedad. Y como señalaron los sociólogos John H. Gagnon y William Simon con su “teoría de los guiones sexuales”, aunque estas creencias sean falsas, estructuran, construyen y, sobre todo, limitan nuestra forma de vivir y entender la sexualidad. Los mitos, aunque sean inventos, educan.

A los hombres suelen educarnos para tener sexo y que no se trate de un encuentro, una conversación entre dos personas en la que media el placer, las caricias y los besos como lenguaje sino, más bien, como un acto simplón en el que el chiste es eyacular, sentir rico unos segundos… y ya. Súmenle a eso que, para muchos hombres, el momento de la eyaculación es cuando de verdad sentimos, ese momento de nuestras vidas en que nos permitimos abandonarnos a nuestras sensaciones por unos segundos. Pensar que el sexo sólo existe para tener un orgasmo es ponerle una vara muy baja al placer.

La dificultad para estar presente es uno de los síntomas más característicos de la masculinidad en nuestra cultura. A los hombres no nos enseñan a estar sino a hacer, porque al hacer podemos demostrar. ¿Qué queremos demostrar? Nuestra masculinidad. De acuerdo con el sociólogo David Gilmore en su libro Manhood in the Making:

La verdadera hombría es distinta a la simple anatomía masculina, en el sentido de que no es una condición natural que llega espontáneamente a través de la maduración biológica, sino un estado precario o artificial que los niños deben ganar frente a grandes adversidades.

Este fenómeno tiene su correlato en la cama. Para la mayoría de los hombres el sexo es un performance en el que el objetivo no es estar con la pareja, sino hacer con la pareja. Es la cantidad lo que vale: el número de posiciones que practicamos, el recuento de orgasmos que provocamos, las veces que cogemos entre semana, si eyaculamos. Si hay placer o no en esas actividades, poco importa. Muchas veces el objetivo es sólo que se realicen y se cumplan los estándares esperados. El sociólogo Michael Kimmel explica:

El placer sexual es rara vez el objetivo de un encuentro sexual. Algo más importante que el mero placer está en juego: sentirnos hombres. La sensación de no estar teniendo suficiente sexo y la casi compulsiva necesidad de sexo para afirmar nuestra masculinidad se nutren mutuamente, creando un círculo vicioso de carencia sexual y desesperación.

La búsqueda constante por demostrar nuestra masculinidad a través de actos concretos es uno de los pilares que sostienen el mito de que los hombres tendemos hacia la racionalidad. Sin embargo, esa característica, más que un componente intrínseco de lo que somos, es una defensa de lo que tememos: qué sucederá cuando enfrentemos un problema que no pueda resolverse con una acción directa, si la capacidad de solucionar suele ser nuestra única herramienta para encarar la incertidumbre. Aquello que carece de solución directa y racional representa una amenaza a nuestra masculinidad. ¿Un ejemplo de esto? La disfunción eréctil. Las erecciones no se pueden controlar: lo saben los adolescentes cuando se les para en medio de una clase de matemáticas y lo saben los hombres que han padecido alguna vez disfunción eréctil. Tener una erección cuando no deseas, o no tenerla cuando sí deseas, es un fenómeno conocido como “excitación no concordante” y en la adultez suele aparecer en situaciones de mucho miedo o estrés. La alta prevalencia de la disfunción eréctil (al menos la mitad de los hombres mayores de cuarenta años la padecen, según la Secretaría de Salud de México) se debe a una mezcla de factores fisiológicos y psicológicos; sin embargo, toda la angustia que suele provocar y que golpea fuertemente las emociones de los hombres, y en muchos casos desencadena depresión, es completamente psicológica. Esto se debe, en parte, a que nos enseñan a valorar nuestra sexualidad en función de nuestra “potencia sexual” y ésta se estima en función del tamaño de nuestro pene y la firmeza de nuestras erecciones (de ahí que a la disfunción eréctil se le haya conocido durante mucho tiempo como “impotencia”). Estos elementos definen nuestro valor total como hombres. En nuestros penes está el centro gravitatorio de la masculinidad. Como consecuencia, los hombres generamos una relación paradójica y de mucha ansiedad con nuestros penes. En su libro The Will to Change, Men, Masculinity, and Love, la escritora bell hooks explica:

Los niños aprenden que deben identificarse con su pene y con el potencial placer que sus erecciones provocarán, mientras que, simultáneamente, también aprenden a temerle a su pene como si fuera un arma que podría traicionarlos, dejándolos indefensos, destruyéndolos.

Creo que pasaron dos cosas: la primera es que si cada encuentro sexual es una oportunidad para validar la masculinidad a través de nuestra erección, eso significa que en cada ocasión también existe el riesgo de lastimarla en caso de perder esa erección. En situaciones así es común que aparezca un tipo de ansiedad muy particular que ha sido bautizada “ansiedad por desempeño” y se refiere a la preocupación que surge por la expectativa de rendir adecuadamente en una situación dada, digamos, un partido, un concierto o una relación sexual. Esa ansiedad, comúnmente, termina provocando angustia y altera nuestras funciones fisiológicas, frustrando el desempeño que nos gustaría tener: terminamos jugando mal durante el partido, cometiendo errores durante el concierto o perdiendo la erección. De nuevo, falta de presencia: por dejar de estar en el momento y permitir que mi cabeza se fuera a otro lado, al lugar mental donde sólo existen las expectativas y los reclamos, olvidé que el placer es la razón por la que jugamos, interpretamos música o tenemos sexo en primer lugar.

La masculinidad puede ser una camisa de fuerza. Los pacientes que veo todos los días y que me hablan sobre sus disfunciones e insatisfacciones sexuales me narran historias sobre egos heridos, niños asustados, adolescentes sin lugar en el mundo, hombres con miedo y con pánico a sentir miedo. Cuestionar el proceso que nos lleva a formarnos como hombres y a sentir que tenemos que probarnos todos los días y a todas horas, a riesgo de perder la sensación de hombría que nos da identidad, es una de las claves para liberarnos de esa restricción y poder tener relaciones sexuales (y vidas, en general) menos angustiantes, menos violentas, más presentes, más armoniosas y más placenteras.

Hay que empezar a decirlo: el pene no es la medida de todos los hombres. La masculinidad no tendría por qué ser una perpetua competencia. El sexo no es un campo de batalla a donde te vas a probar como hombre. La disfunción eréctil no es una traición de tu cuerpo. El orgasmo no es la única razón para coger. Y la mayoría de las situaciones sexuales que consideramos disfunciones podrían dejar de serlo si reestructuráramos lo que entendemos como placer o como sexo. La sexualidad es compleja y puede generar tanto gozo como placer. Al hablar de las razones por las cuales los hombres verdaderamente tienen sexo, más allá de la aparente simplicidad de sus motivaciones y objetivos, el médico experto en sexualidad masculina Bernie Zilbergeld afirmó:

Queremos satisfacernos a nosotros y a nuestras parejas (y esa satisfacción podría ser definida de forma distinta por cada individuo), acercarnos emocionalmente (hacer el amor), validar nuestro sentido de masculinidad o feminidad, reflejar y generar sentimientos de excitación y pasión y, para algunas personas, producir una experiencia mística. Esto es pedir mucho a lo que parece una simple actividad física. Los grandes motivos que tenemos en la mente al tener sexo lo vuelven más complicado que meter tu cosa en su cosa y moverte hasta que te vengas. Mucho se desea, mucho está en juego. Cuando se llega a este nivel estamos muy lejos de hacer algo que surja naturalmente, como también estamos lejos de algo que sea fácil y sencillo.

Quizás al comprender y compartir todos estos procesos y experiencias, en vez de seguir contando una y otra vez las historias de conquistas sexuales y triunfos sobre la masculinidad que tanto daño nos han hecho a nosotros y al mundo, podríamos romper los mitos que nos impiden conocer nuestra sexualidad, nuestras emociones y nuestros cuerpos con profundidad y compasión, para en cambio comprender algo que supimos desde siempre pero queríamos evitar a toda costa: la sexualidad de los hombres no es simple, por el mero hecho de que la sexualidad humana tampoco lo es.

*Con este término me refiero a personas que nacieron con cuerpos con pene, fueron socializados como niños y ahora tienen el rol social y la identidad de género de “hombre”, es decir, hombres cis. Sin embargo, reconozco que hay hombres que no son cis y su identidad es tan válida como la de cualquiera.

César Galicia

×